Las tradiciones religiosas, en su diversidad, coinciden en un mensaje esencial: la paz es un don, pero también una tarea. Se cultiva con paciencia, se fortalece con el perdón y se celebra cuando somos capaces de ver en el otro no a un adversario, sino a un hermano.
Hoy, más que nunca, celebrar la paz es un gesto de esperanza. Es afirmar que la bondad tiene futuro, que la convivencia es posible y que la espiritualidad puede ser un puente donde antes había muros. Que cada palabra, cada gesto y cada oración nos acerquen a ese horizonte donde la paz no sea un ideal lejano, sino una realidad compartida.

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